19 septiembre 2009

No me despedí

Como ya he dicho crecí separada de mi mamá, ella por las circunstancias vivía en la ciudad donde trabajaba (y aún trabaja) mientras que yo vivía con mis abuelos en un pequeño pueblo.
Mientras yo era niña ella siempre me visitaba cada fin de semana, y a pesar que no me prestaba mucha atención yo siempre me alegraba cuando ella llegaba. Para ser sincera lo que me alegraba eran los dulces que me llevaba, las galletas en forma de animalitos y en ocasiones juguetes. Para mi ella era como una extraña, sentía verguenza de hablarle, siempre se me entrecortaban las palabras cuando le hablaba.
Siempre la esperaba atentamente los sabados por la tarde, después (por cuestiones de trabajo) fueron los domingos temprano por la mañana, siempre atenta al reloj, sentía una profunda tristeza cuando no llegaba. Corría a saludarla cuando llegaba, le daba un beso en la mejilla, ella me abrazaba, yo disimuladamente miraba la bolsa que traía en su mano tratando de adivinar qué me había llevado.

En una de sus visitas ella se fue sin despedirse, no porque se hubiera olvidado de hacerlo sino porque no me encontró. Yo estaba en alguna parte, no recuerdo dónde, y ella presionada por el tiempo tuvo que irse. Recuerdo que cuando pregunté por ella me dijeron que ya se había ido, me sentí triste, fui a sentarme al lado del pozo y me sentía mal, culpable por no haberme despedido, la semana entera pasé pensando en que debía haber estado allí antes que ella se fuera.
La semana fue eterna, no dejaba de sentirme culpable y ansiaba volver a verla, el domingo finalmente llegó, ella tambien, la saludé, la besé, no le dije nada, pero si procuré en despedirme antes que se fuera y así lo hice cada vez antes de que ella se fuera.

Quizá por eso sea que no me gustan las despedidas, son tan tristes, pero por experiencia sé que peor aún es no despedirse.

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